Recuerdo que la primera que me hablaron de la "Alianza de Civilizaciones" me pareció algo tan obvio que pensé cómo no se le había ocurrido antes a nadie.
Obvio parecía y, en el fondo, sigue pareciendo, que la fuerza siempre sucumbe a una fuerza mayor, por tanto el uso de la fuerza como manera de obtener poder e imponerse al otro es estúpido ya que conduce, irremediablemente, a una espiral de violencia irrefrenable.
A través de la fuerza en raras ocasiones se consigue algo, me refiero a la fuerza tal y como la entendemos comúnmente, a esa fuerza basada bien en la superioridad física o en la supremacía militar; la fuerza, en realidad sigue radicando en los discursos y en la palabra.
Obvio parecía y parece, que "el otro" no deja de sentir y ,sobre todo, de padecer como el uno, por lo que en realidad nos parecemos bastante.
Y obvio parecía que demonizar a alguien por sus creencias religiosas es tan sumamente estúpido que debería caerse por su propio peso.
Por todo esto cuando José Luis Rodriguez Zapatero habló por primera vez de Alianza en lugar de choque, respiré profundamente y recobré la esperanza de que otro mundo, a pesar de algunos, es aún posible.
En realidad la alianza es algo bastante sencillo, no es otra cosa que sentarse enfrente del otro u otra, hablar y comprenderle. Hablar de qué piensa y cómo lo hace, hablar de sus costumbres, de su realidad y de sus problemas. Conocerle, desde ese conocimiento romper prejuicios y estereotipos, y pactar, pactar qué mundo queremos y de qué manera podemos lograr una convivencia pacífica.
A mi modo de ver, lo verdaderamente revolucionario de la idea es que pretende una revolución ciudadana, es decir, no estamos hablando de un pacto político al más alto nivel, si no de un cambio en que el ciudadano tiene el papel fundamental; es ese ciudadano qué habla a diario del "moro", ese ciudadano que confunde árabe y musulmán el protagonista.
Se trata, pues, de realizar el mismo viaje que ya han hecho nuestros compañeros y compañeras de los colectivos GLTB, pasar del anonimato, la negación y los estereotipos, a la realidad cotidiana; a que no tiene nada que ver la orientación sexual, el país de nacimiento o la religión que se practica, con ser mejor o peor persona, más o menos civilizado, más o menos resentido.
El gran desafío es plantar cara, romper con los que pretenden un pensamiento único, con los que pretenden que seamos ciudadanos esclavizados por la ración diaria de soma, y no ciudadanos libres y críticos .
Obvio parecía y, en el fondo, sigue pareciendo, que la fuerza siempre sucumbe a una fuerza mayor, por tanto el uso de la fuerza como manera de obtener poder e imponerse al otro es estúpido ya que conduce, irremediablemente, a una espiral de violencia irrefrenable.
A través de la fuerza en raras ocasiones se consigue algo, me refiero a la fuerza tal y como la entendemos comúnmente, a esa fuerza basada bien en la superioridad física o en la supremacía militar; la fuerza, en realidad sigue radicando en los discursos y en la palabra.
Obvio parecía y parece, que "el otro" no deja de sentir y ,sobre todo, de padecer como el uno, por lo que en realidad nos parecemos bastante.
Y obvio parecía que demonizar a alguien por sus creencias religiosas es tan sumamente estúpido que debería caerse por su propio peso.
Por todo esto cuando José Luis Rodriguez Zapatero habló por primera vez de Alianza en lugar de choque, respiré profundamente y recobré la esperanza de que otro mundo, a pesar de algunos, es aún posible.
En realidad la alianza es algo bastante sencillo, no es otra cosa que sentarse enfrente del otro u otra, hablar y comprenderle. Hablar de qué piensa y cómo lo hace, hablar de sus costumbres, de su realidad y de sus problemas. Conocerle, desde ese conocimiento romper prejuicios y estereotipos, y pactar, pactar qué mundo queremos y de qué manera podemos lograr una convivencia pacífica.
A mi modo de ver, lo verdaderamente revolucionario de la idea es que pretende una revolución ciudadana, es decir, no estamos hablando de un pacto político al más alto nivel, si no de un cambio en que el ciudadano tiene el papel fundamental; es ese ciudadano qué habla a diario del "moro", ese ciudadano que confunde árabe y musulmán el protagonista.
Se trata, pues, de realizar el mismo viaje que ya han hecho nuestros compañeros y compañeras de los colectivos GLTB, pasar del anonimato, la negación y los estereotipos, a la realidad cotidiana; a que no tiene nada que ver la orientación sexual, el país de nacimiento o la religión que se practica, con ser mejor o peor persona, más o menos civilizado, más o menos resentido.
El gran desafío es plantar cara, romper con los que pretenden un pensamiento único, con los que pretenden que seamos ciudadanos esclavizados por la ración diaria de soma, y no ciudadanos libres y críticos .
1 comentario:
Fanyy! Qué alegría visitar tu blog. Ya lo sumé a mis favoritos para leerte.
Ánimo que desde Bs As hay un lector. Tremenda responsabilidad;)
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